6 junio, 2026

Desde el jardín de la muerte: El asesinato de un costarricense destapó la casa de los horrores de Dorothea Puente

La fachada de la casa número 1426 en la calle F de Sacramento, California, prometía un oasis de tranquilidad.

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Resúmen

  • La fachada de la casa número 1426 en la calle F de Sacramento, California, prometía un oasis de tranquilidad.
  • Rosas cuidadas en el jardín, el aroma a café recién hecho y una anciana de cabello canoso, lentes grandes y gestos dulces que parecía encarnar la…
  • Dorothea Puente era, ante los ojos del vecindario, una santa que abría las puertas de su pensión a los desahuciados, a los que la sociedad prefería…
  • Pero tras esa máscara de abuela bondadosa se escondía una de las asesinas en serie más frías de Estados Unidos.

La fachada de la casa número 1426 en la calle F de Sacramento, California, prometía un oasis de tranquilidad. Rosas cuidadas en el jardín, el aroma a café recién hecho y una anciana de cabello canoso, lentes grandes y gestos dulces que parecía encarnar la definición misma de la caridad.

Dorothea Puente era, ante los ojos del vecindario, una santa que abría las puertas de su pensión a los desahuciados, a los que la sociedad prefería no mirar. Pero tras esa máscara de abuela bondadosa se escondía una de las asesinas en serie más frías de Estados Unidos.

Y en el centro del fin de su imperio del terror quedó atrapada la historia de un costarricense: Álvaro González Montoya. Conocido por todos como “Bert”, Álvaro era un hombre de alma noble atrapado en una mente atormentada. Su viaje hacia el norte había comenzado décadas atrás, en la calidez de su natal Costa Rica.

A los 16 años, cargado de los sueños típicos de la adolescencia y acompañado por su familia, Bert se mudó a los Estados Unidos buscando un futuro mejor. Sin embargo, el destino tenía preparados caminos sinuosos. Con el paso del tiempo, el diagnóstico de problemas severos de salud mental, incluyendo psicosis, fragmentó su realidad.

El desarraigo, la enfermedad y la falta de un sistema de apoyo fuerte terminaron por arrastrarlo a donde tantos otros caen: la dura vida en las calles de Sacramento. Para 1988, a sus 52 años, Bert era un rostro familiar en los márgenes de la ciudad. No tenía hogar, pero mantenía una vulnerabilidad infantil que despertaba el instinto protector de quienes lograban conocerlo de verdad.

Fue en ese estado de indefensión cuando su trabajadora social creyó encontrar la solución perfecta. La pensión de Dorothea Puente gozaba de una reputación intachable entre las organizaciones de asistencia; era el techo ideal para un hombre que necesitaba medicación, comida caliente y un entorno seguro.

Bert llegó a la casa de la calle F buscando un hogar, sin saber que caminaba directo hacia su propia tumba. Una matemática macabra: Cócteles de sueño, cal y flores La rutina de Dorothea era tan macabra como matemática. Detectaba a inquilinos vulnerables, ancianos, enfermos o personas solas cuyos reclamos nadie escucharía, se ganaba su absoluta confianza y luego los eliminaba de manera silenciosa.

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Resumen elaborado por iNFOLINK News a partir de información publicada originalmente por www.infobae.com.

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